¡Dejen que los precios hagan lo suyo! -Coronavirus, incertidumbre y la importancia del sistema de precios

Hace dos semanas, ninguno de nosotros pudo haber predicho la situación en la que nos encontramos hoy. Si entonces alguien se hubiera acercado a profesarme que en este momento estaría en mi casa, encerrado junto a mi esposa, mi hija, antropomorfizando a mi gato, intentando infructuosamente trabajar desde mi casa, viendo desde mi ventana como el mundo lentamente se detiene, lo habría espantado rápidamente con mi mano, aconsejando que su profecía tendría más eco en otros oídos.

Sin embargo, acá estamos; en precisamente aquella situación que difícilmente hubiéramos imaginado. Lo que me lleva a recordar que vivimos en un contexto de una profunda incertidumbre respecto de lo que nos depara el futuro. No solo tenemos un deficiente conocimiento acerca de las acciones del resto de individuos en la sociedad y su efecto sobre nuestras vidas, sino que tampoco tenemos completo conocimiento acerca de los fenómenos naturales que rodean nuestra agencia. Si de algo podemos estar seguros, es que no sabemos nada del futuro. En este punto, sí que es prudente aceptar con abnegación y humildad, que poco sabemos de lo que sucederá mañana, en dos semanas, o en un mes. Nos resta entonces recurrir a imaginarnos el futuro, tratar de comprenderlo a partir de los hechos que conocemos del pasado. Siendo así, probablemente, en cuatro semanas, sigamos encerrados en nuestras casas –ojalá, observando a través de nuestras ventanas como lentamente el mundo recobra; como recobramos la ciudad, y los animales salvajes toman camino hacia el monte.

Mi punto es que, de alguna manera, a pesar de la incertidumbre que nos condiciona para actuar, para hacer, igual tenemos que actuar; igual tenemos que hacer cosas. Tenemos que comprender, de la mejor manera posible, qué nos depara el futuro –y solo nos resta dejar a  un lado la absurda idea de predecirlo, y contentarnos con imaginarlo. Enfrentándonos al altísimo grado de incertidumbre de la que hablo, tenemos que pensar -y repensar- muy bien nuestras acciones. Nos vemos en la necesidad de tratar de comprender de la mejor manera posible qué efectos tendrán en el futuro nuestras acciones presentes. Habrá que pensar muy bien si satisfacer ciertas necesidades ahora tendría como resultado que no podríamos satisfacer estas u otras más urgentes en el futuro. Con las cosas que tenemos en este momento en nuestro poder –como los bienes en nuestras casas, ¿nos será posible vivir en 4 semanas? Y si la respuesta a esto es un temeroso sí, porque imaginamos un futuro algo cruel, ¿podremos vivir de la misma manera que lo estamos haciendo en este momento? Solo el tiempo lo dirá. Pero algo tenemos que imaginar.

Necesitamos dar respuestas a estas preguntas a diario. Y, para hacerlo, necesitamos de información de la manera más expedita y eficiente posible. Necesitamos, con ella, imaginar un futuro –actuar en pro de él. Pues bien, en nuestra sociedad, en su estado actual de evolución, contamos con un mecanismo que se encarga justamente de esto: el sistema de precios.

Imaginemos que nos azota un diluvio. Si acaso resulta demasiado bíblico este ejemplo, pensemos por un momento en la maldita peste que nos está reconectando en este momento, de una manera sin precedentes, con nuestros hogares y seres queridos. Imaginemos, además, que, como resultado de tal diluvio, hay una gran inundación en todo Colombia. ¿Cali y Barranquilla? Con el agua hasta la cintura dos de los gentilicios más abominables que encontraremos en nuestra incierta vida. Así las cosas, imaginemos qué le sucede a la cantidad de agua potable y a los precios que estaríamos dispuestos a pagar por ella. Supongamos que en Cali haya caído con más ahínco la lluvia y, por ende, el agua potable sea más escasa en esta ciudad que en Barranquilla, donde el diluvio apenas si formó arroyos. Gobernados por la ley de utilidad marginal, siendo más escasa el agua en Cali, el precio de aquella será más alto en esta que en Barranquilla. ¿Por qué? Porque la utilidad de cada unidad adicional –marginal- de agua es más baja en Barranquilla y más alta en Cali. Si esta es la situación, escaseando mucho más el agua en Cali que en Barranquilla, la poca agua con la que contaríamos debería utilizarse para las necesidades más urgentes. No sería momento de bañar al perro, o de llenar las piscinas del Parque de la Caña. Cada unidad de agua con la que contaríamos sería altísimamente útil, ya que solo podríamos satisfacer nuestras necesidades más urgentes –según nuestras valoraciones subjetivas. En cambio, en Barranquilla, habiendo mucha más agua potable que en Cali, se podrían darse el lujo de bañar al perro, o jugar guerra de bombas de agua –o de tirársela impunemente en sus caras al sol en época de carnaval. Como tendrían más agua, los barranquilleros pueden darse el lujo de satisfacer, no solo sus necesidades más urgentes –como hidratarse para no morir del guayabo- sino aquellas menos urgentes –e incluso triviales.

Pues bien, el sistema de precios, cuando estos se expresan en dinero, reflejan esta realidad respecto de las distintas escalas de valoración de los individuos en cada uno de estos villorrios. Los precios nos brindan información, particularmente en momentos de incertidumbre, acerca de qué podemos hacer con los medios con los que contemos en ese momento, sean estos agua, dinero, medicinas o gasolina. Por otro lado, brindan información acerca del lugar y el momento en los cuales se deben asignar esos recursos. ¿Por qué insistir en vender agua solo en Barranquilla, donde su precio es bajo, cuando se puede trasladar una cierta cantidad de agua a Cali, donde su precio, reflejando el grado de urgencia con el que se necesita, es alto? Ante una considerable escases, este caro recurso es impulsado hacia donde más urgentemente se necesita por medio del gran movedor que es el empresario. A medida que llegue cada vez más cantidad de agua a Cali, por ejemplo, el precio del agua disminuirá. Paralelamente, a aquellos que cuentan con agua, el sistema de precios les sugiere que, de usarla para lavar los perros, en cada uno de estas ciudades tendrán que incurrir en distintos grados de sacrificios en términos de otras necesidades. Gracias a la capacidad de transferir esta información, el sistema de precios nos permite tomar decisiones eficientes acerca de cómo, en qué momento y dónde asignar recursos, y qué podemos hacer con ellos, y qué deberíamos –según nuestro juicio- evitar.

El sistema de precios dentro de una sociedad, organizada bajo la división del trabajo y gobernada por la propiedad privada de los bienes de producción, si se quiere, prestan la función social de guiarnos por medio de la oscuridad de nuestras vidas respecto del futuro. Es, por así decirlo, nuestro faro, que nos guía para poder evitar encallar nuestros barcos. En momentos como en el que estamos viviendo, de un altísimo grado de incertidumbre respecto del futuro, no sabemos qué tendremos en abundancia y qué en grosera escases. Por lo que a nosotros respecta, hoy tenemos, y mañana, simplemente, no. Nuestra cantidad de cosas en el presente es mayor que la del futuro –que, podemos llegar a imaginar, puede ser ninguno. Los precios, cuando suben, nos indican esto. Nos brindan información para poder decidir si consumimos toda nuestra despensa hoy –o mejor, hacemos un uso un poco más espaciado de la misma, asegurando hasta donde sea humanamente posible parte de nuestra subsistencia en las próximas semanas.

Un pitufo desorientado.

Los precios cumplen con esta función social -si se les permite. En vez de entorpecer su funcionamiento, habrá que entender sus subidas y bajadas, por drásticas que sean, como destellos de luz que iluminan nuestro camino en la oscuridad. De entender esto, en parte, depende nuestra subsistencia. Por el contario, si el resentimiento hacia esto se convierte en decreto de gobernante incauto, estaremos perdidos. Tomemos el ejemplo del alcalde de Cali –cualquiera sea el nombre de este atosigado pitufo azul. Desde su cuenta de Twitter ha comenzado a amenazar a los comerciantes que, en estos momentos de peste, aumenten sus precios. No creo que esté solo en este deseo. Precisamente aquello estarían llamados a hacer, dándose cuenta que comienzan a escasear sus productos. Si los individuos acuden en grandes cantidades a comprar, por ejemplo, medicamentos, se espera de suban los precios. Sería como si dijeran: “¡Señores, ante lo poco que tengo de esto para intercambiar con Uds., solo podrán satisfacer sus necesidades más caras, más urgentes! Es momento para ejercer juicio, y decidir muy bien qué se compra y que no con su dinero. No es el tiempo de desperdicios. ¡Caveat emptor!” Si se castiga a estos empresarios por subir sus precios en tiempos de escases, y se fijan por debajo del precio del mercado, se trunca este proceso de comunicación entre consumidores, empresarios y dueños de factores de producción; y sería como si se dijera: “¡Señores, con el dinero que tienen ahora pueden incurrir en las más triviales indulgencias, pues tenemos de todo!” En lenguaje técnico, si se vende a precios fijados forzosamente por debajo de aquellos del mercado, por altos que sean estos, serán menos las personas que ofrezcan, y más aquellas que demanden. ¿El resultado? Filas tan largas como la elasticidad de la oferta lo permitan. De tomar vuelo la medida en Cali –así como en cualquier lugar- las medicinas, la gasolina, el aguacate respecto de los cuales se fijen coercitivamente precios máximos, el resultado será la escases de estos; que no aterricen en los lugares donde se experimente más urgencia por ellos, al no estar los empresarios movidos a ofrecerlos a aquellos que más lo necesiten, sino a aquellos que primero lleguen. Solo podríamos conseguir aquello de lo cual se ha controlado el precio: Por debajo de la mesa, en mercados negros, sobornando empresarios y demás. ¡Qué Dios nos proteja de un mercado negro a cargo del soberbio homo-papi caleño!

Si se irrespetan leyes naturales, lo que termina sacrificándose es la vida humana. O bien disminuye su calidad, como en el caso de la gasolina; o no hay forma de salvarla, como podría suceder en el caso de ciertos medicamentos. Esto no es menos cierto respecto de la ley de la utilidad marginal, cuyo gobierno determina el comportamiento de precios, como lo es de la ley de gravedad. A los agentes del estado, sean estos alcaldes, secretarios, o porteros, les conviene entender esto más temprano que tarde a la hora de blandir su odioso monopolio sobre la fuerza y el derecho. No es mi intención recomendar estudiar al alcalde economía. ¡Ni más faltaba! Sin embargo, sí aprovecho la oportunidad para tratar de hacerle entender esto: ¡Qué ojalá estuviera tan consciente de la capacidad destructora de sus decretos, como lo está de la misma capacidad destructora del fuego!

De cierta forma, nuestra supervivencia está condicionada a si se entorpece o no este sistema de transmisión de información. ¡Dejemos que los precios en dinero cumplan su función! Si han de subir, que lo hagan, para así saber qué consumos favorecer y cuáles, con suerte, dejar para más adelante. Si acaso las recomendaciones del alcalde de Cali, de un sofisticado superintendente, o de varias personas en la calle tienen acogida, lo único que se conseguirá, con el disfraz de la justicia social, será el desperdicio de recursos –que, suele ello significar en estos casos, la pérdida de valiosas vidas. Nos quedaremos con un faro que ilumine poco, y a muy poca distancia –en el mejor de los casos.

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